Habíamos quedado para cenar. Era un sábado más
con amigos. Yo me había adelantado con ellos y la esperaba en el restaurante.
Ella terminaba de trabajar tarde y se iba a
duchar y a ponerse guapa como cada sábado que salíamos.
Por la mañana la sentí rara como más picarona
que de costumbre, llevaba toda la mañana una sonrisa en la cara...que la última
vez que se la vi, casi la liamos en aquel barco.
Se abrió la puerta y apareció ella. Muy guapa,
como siempre. Su pelo arreglado. Maquillada suavemente y con un vestido liso,
ajustado de cuerpo, pero con una falda de vuelo que le llegaba hasta casi las
rodillas, de color verde esmeralda con un estampado de amapolas rojas. No pude
contenerme y me levanté rápido. Fui a su encuentro. Y abrazándola fuerte, la miré
a los ojos. Le dije
- te hubiera esperado en casa y te habría
ayudado a ponerte el vestido.
- entonces igual no habríamos venido a la cena,
además te gustará más el haberme esperado aquí – me contestó ella.
Y me volvió a hacer la sonrisa que tan nervioso
me ponía porque sabía que algo iba a pasar.
Después de saludar a todos nos sentamos juntos.
Empezamos a pedir y prefirió tomarse un martini blanco. Yo seguía con el vino
tinto. Ya estábamos comiendo. Cuando de repente veo que se le cae algo a ella
justo al lado de sus piernas, rápido me agacho a cogerlo y conforme estoy
subiendo con la servilleta, que era lo que se le había caído, me pone la mano a
la altura de la nuca para que no pueda levantarme y al inclinarse ella hacia mí,
me susurra al oído
- creo que deberías comprobar algo.
Me libera la cabeza y al mirarla me vuelve a
hacer esa sonrisa.
Ya creo que se por donde va.
- Me quedo pensado. Pero no creo. ¿Aquí? ¿Con
nuestros amigos?
Me incorporo y continuamos cenando. Ya casi
habíamos terminado y dejo caer mi mano en su rodilla, la acaricio y poco a poco
voy subiendo la mano por su muslo. Ella mete la silla más adentro de la mesa y
como el mantel era largo, se lo pone un poco por encima de las piernas. Yo sigo
acariciando su muslo y subiendo cada vez un poco más, hasta que mirándola con
los ojos muy abiertos le susurro.
- ¿nada?, ¿No llevas nada?
A ella solo le sale una pequeña carcajada. Al oírla
algunos amigos que estaban hablando entre ellos se giraron a mirarla por la
sonrisa tan extraña. Ellos siguieron hablando y yo seguí subiendo la mano poco
a poco. Conforme subía la mano, ella abría un poco más las piernas. Al llegar
al fondo. Note su sexo. Estaba suave, arreglado para la ocasión, se había
tomado su tiempo para dejarlo listo para mí. Con mis dedos separé los labios de
su sexo, notando lo húmeda que ya estaba, y al tocar su clítoris se le escapo
un pequeño gemido y lo disimuló rápidamente con unas risas, como si yo le
hubiera dicho algo gracioso. Yo notaba como mi pene cada vez se iba poniendo más
duro, la situación se estaba poniendo tensa, allí todos hablando entre ellos y
nosotros solo pendientes de nuestros cuerpos. Seguí acariciándola hasta que
introduje dos dedos dentro de su sexo cada vez más excitado. Seguí con
suavidad, metiendo y sacando los dedos, mientras ella intentaba disimular, y de
vez en cuando hacia una mueca en forma de sonrisa. Notaba como cada vez se
excitaba más, mis dedos cada vez más rápidos, pero con cuidado porque había
veces que nos hablaban y estaban pendientes de nosotros. Yo cada vez más duro y
excitado, solo quería irme y terminar lo que habíamos empezado. Seguí con el
movimiento de mis dedos dentro de su sexo hasta que ella de un pequeño
movimiento tiró una copa en la mesa y agarró mi mano para que parara, estaba a punto
de correrse. Al sacar mi mano de entre sus piernas se levantó y sin decir nada
se fue al aseo.
Los aseos estaban detrás de una puerta, que una
vez pasada llevaban a las otras dos puertas de los baños. Al tiempo que se dirigía
al aseo pude ver como con ese vestido y sin braguitas, su trasero se movía sin
parar a cada paso que daba, mientras yo no podía dejar de sentir aquel olor que
se había quedado impregnado en mía dedos.
Justo antes de abrir se giró y me miró con la
misma sonrisa pícara que llevaba todo el día. A los pocos segundos me levanté y
fui a buscarla al aseo. Al abrir la primera puerta pensaba que estaría allí esperándome,
pero no fue así, y pensando que estaría donde debía, abrí la puerta del baño de
chicas. Mi sorpresa fue que no estaba allí y me quedé un poco extrañado. Justo
cuando vi que entre las dos puertas había otra que solo ponía un cartel que decía,
solo personal autorizado. Cuando se abrió de repente y allí estaba ella. Me cogió
rápido y me metió para adentro. Había muy poca luz, solo la que provenía de una
especie de ventana que daría a la calle. Al entrar y cerrar la puerta se agarró
a mí, besándome con pasión, agarrada a mi cuello. Yo la cogí de su trasero,
pero por debajo de la falda, notando su piel en mis manos, ella me desabrochaba
el pantalón con una mano, mientras con la otra apretaba con fuerza mi pene
duro. Fui metiendo las manos entre sus nalgas hasta llegar a su sexo y seguí
notando su humedad y su excitación. No aguantaba más, ni ella ni yo, y allí
como estaba sobre una caja de refrescos, la giré y la puse de espaldas. Ella había
terminado de bajarme los pantalones y mi pene estaba fuera esperando notar su
interior. La abrace por la espalda y una de mis manos fue directo a su sexo, le
levante un poco la falda, mientras la besaba y ella me decía.
- métemela ya, no aguanto más.
Y eso hice, abriendo un poco sus piernas, mi
pene se introdujo dentro de ella, notando su calor y su humedad y soltando ella
un gemido seco y fuerte. Al darse cuenta se tapó la boca con una mano. Le incliné
un poco el cuerpo, mientras la agarraba de las caderas para penetrarla más
fuerte y más rápido. Ella se agarraba como podía a las cajas mientras intentaba
controlar sus gemidos. Ya no podía más y solo sabia decirme entre pequeños
gritos que no parara. Hasta que de repente, apretó fuerte los dientes y se
agarró como pudo a las cajas. Yo no podía parar. Notar las contracciones de su
sexo en mi pene hacían que yo no pudiera aguantar mucho más y en una de las
penetraciones noté como la llenaba de mi leche, y mis piernas empezaban a
temblar, apreté fuerte los dientes para no hacer ruido y me quedé pegado a ella
unos instantes. Ella sacó del su mini bolso unos clínex y nos limpiamos, teníamos
que volver, pero antes, sacó también del bolso y tanga de encaje verde oscuro. La
ayudé a ponérselo. Y nos dirigimos a la mesa con nuestros amigos. Al llegar
alguno de nuestros amigos se extrañaron por la tardanza y alguna amiga le hacía
sonrisitas a ella. Los dos con cara sonriente, cara de placer, seguimos
cenando. Y cada vez que nos mirábamos sonreíamos recordando con la mirada lo
que había pasado en aquel restaurante.
